Tiempo de Noticias – La historia de Juan Carlos no comenzó en un laboratorio ni en un centro científico, sino en un lugar inesperado: la escollera del puerto de La Paloma. Allí, hace poco más de dos meses, apareció un delfín franciscano herido, solo y desorientado, fuera de su entorno natural. Hoy, tras un proceso de rescate poco habitual en Uruguay, el animal se recupera en una piscina especialmente acondicionada en Chuy, mientras se prepara para una etapa clave de su rehabilitación que continuará en Brasil y podría extenderse hasta dos años, de acuerdo a lo informado desde Telenoche.
Juan Carlos pertenece a la especie franciscana, uno de los cetáceos más pequeños del mundo y también uno de los más amenazados de la región. Habita muy cerca de la costa, lo que lo expone de forma constante a los impactos de la actividad humana, como la pesca artesanal, el tránsito marítimo y la contaminación. Esa cercanía, que lo vuelve casi invisible para muchos, es también la razón principal de su vulnerabilidad.
El hallazgo del delfín generó una rápida respuesta de las autoridades y equipos técnicos. El animal presentaba bajo peso, signos de desorientación y la pérdida de uno de sus ojos, una lesión que los especialistas atribuyen a un temporal sufrido en altamar. Ante su delicado estado de salud, fue trasladado de urgencia a la Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República, donde se inició la primera etapa del rescate, centrada en su estabilización clínica.
El nombre Juan Carlos fue elegido como un gesto simbólico: un homenaje a la persona que participó directamente en su rescate. Un reconocimiento sencillo, pero cargado de sentido, que refleja el vínculo entre el esfuerzo humano y la posibilidad de darle una segunda oportunidad a un animal silvestre.
Tras varias semanas de cuidados en Montevideo, el delfín fue trasladado nuevamente al departamento de Rocha, en un operativo logístico poco frecuente. El vehículo fue adaptado con una piscina especialmente diseñada para garantizar su bienestar durante el trayecto de más de 230 kilómetros, una muestra del nivel de coordinación y compromiso institucional que implicó el rescate.
Actualmente, Juan Carlos permanece en el Polo Educativo Tecnológico de la UTU en Chuy, en un espacio conocido como Nado Politécnico. Allí recibe atención especializada y comienza una etapa menos visible, pero fundamental: la preparación previa a su traslado a Brasil, país que cuenta con un centro de referencia en la rehabilitación de cetáceos de esta especie. Se trata de la primera vez que un delfín franciscano es derivado a este centro en particular, en el marco de un trabajo conjunto entre Uruguay y Brasil.
Los especialistas advierten que el regreso al mar no será inmediato. El proceso de rehabilitación puede extenderse hasta dos años e implica no solo la recuperación física del animal, sino también su readaptación conductual, clave para que pueda sobrevivir nuevamente en libertad. La franciscana se distribuye desde el sur de Brasil, a lo largo de la costa uruguaya y parte de Argentina, organizada en áreas de manejo compartidas entre países, lo que hace viable su reintroducción en esa región.
La veterinaria Natasha Eliopulos explicó que el objetivo central del proyecto es la conservación de una especie que convive estrechamente con las comunidades costeras. “Es una especie de nuestras costas, que vive muy cerquita de nosotros. Por estar tan cerca, corre muchos peligros, porque interactúa con nuestras actividades, como la pesca”, señaló.
En Chuy, el caso de Juan Carlos también adquirió un fuerte valor educativo. Roxana Piñeyro, inspectora de Biología del centro, destacó el impacto humano y formativo del proceso. “Estamos todos muy contentos de que Juan Carlos haya llegado hasta este punto. Esperamos que evolucione bien y que pueda llegar a su destino”, expresó.
Los estudiantes participan del cuidado del delfín bajo protocolos estrictos: silencio, uso de tapabocas y mínima exposición, con el objetivo de preservar un entorno lo más parecido posible a su hábitat natural. Para docentes y alumnos, la presencia de Juan Carlos se transformó en una experiencia pedagógica única, que trasciende lo académico y refuerza valores vinculados a la conservación, el respeto por la fauna marina y la responsabilidad ambiental.
Juan Carlos no volverá al mar de inmediato. Pero su historia ya cumplió un primer objetivo: volver a poner en primer plano una pregunta necesaria sobre cómo convivimos con las especies que habitan nuestras costas y qué tan preparados estamos para responder cuando el océano devuelve algo más que paisajes.
Tiempo de Noticias / Redacción
Foto: captura de Telenoche






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